Un compendio de mis deambulaciones literarias y filosóficas, y otros yerros.
 
La imagen de mí mismo

La imagen de mí mismo

0
(0)
"El desesperado". Autorretrato de Gustave Courbet.

Procuré no exteriorizarlo, pero cuando la recepcionista me dijo que estaba equivocado, que mi cita era al cabo de una hora, me sentí humillado. Una vez más.

Ofendido, provocado, desafiado. La historia de mi vida. Ella mentía. Pero procuré no exteriorizarlo. Me jugaba mucho.

No había sala de espera y no podía quedarme allí. Tampoco lo hubiera hecho aunque hubiera podido. Me recomendó matar el tiempo en el bar de abajo. Decidí que iría a cualquier otro de la calle, a cualquier otro del mundo, antes que a aquel.

Pero cuando llegué a la calle, miré a un lado y al otro y no vi ningún bar, así que me quedé en aquel. La historia de mi vida.

Era un bar con pretensiones, estiloso. Puede que se animara por la noche, pero a aquella hora estaba vacío. Me acerqué a la barra. Pensé en pedir un café, pero ya había tomado demasiados.

Un refresco. Pero sentí repugnancia al anticipar la sensación de algo dulce en la boca. Había muchas razones para no hacer lo que hice. La más próxima: tenía que asistir a la entrevista conservando la mente clara.

Había más razones, ya digo, y de hecho ésta no era la más importante. En fin, que pedí un whiskey. Una vez más.

El primer sorbo me reconfortó, pero también me hizo sentir culpable. El segundo disolvió la culpa y me hizo sentir tranquilo y seguro, como si por fin estuviera de vuelta en casa.

Me fijé en el local.  La decoración era muy cuidadosa, como para hacerte sentir importante por el hecho de estar allí, pero las paredes estaban adornadas sólo con fotografías, y además parecía que todo eran retratos.

Me acerqué para verlos más de cerca. Y tuve una convulsión en el estómago que me hizo regurgitar algo de whiskey agrio. Porque el retrato que estaba viendo era… ¡El mío!

Llevaba solo una copa: demasiado pronto para delirar. Oficialmente era alcohólico, es cierto, aunque yo no aceptaba el diagnóstico. Hoy en día los médicos ponen el listón demasiado bajo, igual que hacen con el tabaco, el azúcar, el colesterol…

Y si lo era, llevaba una temporada de baja. Baja médica: nunca mejor dicho. La baja más larga en mucho tiempo. ¿Tal vez mi delirio era el efecto de volver a casa después de una ausencia demasiado larga?

Era yo. Más joven, menos estragado, pero era yo. No reconocí la foto, pero reconocí mi cara. Era yo.  Me volví hacia el camarero. Sonreía a su móvil.

Intenté normalizar mi respiración. Me habían enseñado técnicas de relajación. Cuando pensé que ya estaba calmado, volví a mirar. Era yo. ¡Sí, coño, era yo!

Me dirigí al camarero. Le pregunté por la decoración del bar. No sabía nada. Ya estaba así cuando él llegó, me dijo. Le pregunté por las fotos. No sabía nada.

Noté una cierta sorpresa en su mirada mientras me lo decía. Me había reconocido. Pero no sabía nada. Le pregunté por el dueño y me dijo que volviera otro día. Me acabé el vaso de un trago y le indiqué con un gesto que quería repetir.

Volví a acercarme a la pared y miré la siguiente fotografía. Era yo. La toma no era la misma pero el tipo era yo, sin duda. Más o menos con el mismo aspecto, con la misma edad. Esta creí reconocerla pero no conseguí ubicarla.

¿Y la siguiente? Ya no hubo sorpresa: era yo. Y la siguiente. Y todas las demás. Era yo.

Bebí y bebí, buscando la claridad. No la encontraba. Y me sentí humillado, desafiado, provocado. Frustrado por no poder responder. Desolado por la historia de mi vida. Autocompasivo.

—Señor —interrumpió el camarero mi desmadejamiento emocional—. ¿Tiene usted una cita en la oficina de arriba?

Asentí sorprendido.

—Hace media hora que le esperan.

Miré el reloj. Me había olvidado del motivo por el que estaba allí. Me recompuse lo que pude y subí. La recepcionista me recibió con actitud de desaprobación. O eso me pareció a mí. Con un gesto me indicó la puerta del fondo. Entré.

El despacho estaba decorado con elegancia. Tal vez el mismo decorador que el del bar, pensé. Tal vez tiene el estudio en este mismo edificio.

Una mujer se sentaba detrás de la mesa que presidía la habitación. La primera impresión fue que la conocía. Me hizo sentar enfrente de ella.

—¿Por qué quiere usted trabajar aquí?

Sí, conocía esa voz. Intenté hilar el discursito de siempre, nadando contra la corriente de la confusión que me arrastraba por momentos.

—¿Tiene usted experiencia en el sector?

—Sí. Tuve una empresa. Importante, además.

—¿Por qué ya no la tiene?

—Bueno… lo expliqué en la carta de solicitud.

—Explíquemelo ahora en persona. Con todos los detalles.

Y sonrió. Sonrió con aquella sonrisa. Con aquella sonrisa sarcástica. Era ella. Ya lo veía claro.

Aquella era la sonrisa sarcástica con la que respondía a mis mentiras al final, no la sonrisa simpática del principio.

Fue mi amante y la engañé mil veces diciéndole que iba a separarme de mi mujer para irme con ella.

La hice mi socia y la engañé para que invirtiera todo su dinero en la empresa haciéndole creer que la íbamos a relanzar cuando lo que quería era solo pagar las deudas más inmediatas y evitar la cárcel.

La engañé hasta el final, y ella nunca me echó en cara mis mentiras. Lo sabía desde mucho antes, estoy seguro, y lo aguantaba.

Y cuando ya no pudo aguantarlo, tampoco me reprochó nada. Solo que la sonrisa se convirtió en sarcástica.

Me ahogué en el alcohol y las deudas y ella soltó mi mano muy al final, cuando ella misma se estaba ahogando también. Nunca supe qué pasaba por su cabeza aquellos últimos días. Si sentía compasión, rabia, odio…

Un viejo mecanismo se activó en mi interior e intenté congraciarme con ella hablándole como siempre lo hacía en situaciones complicadas:

—Escúchame, … esto… ehhh… oye, …

¿Cuál era su nombre? Todo lo había olvidado de aquellos días, a ella, lo que le hice. Hasta que al verla lo reviví. Pero… ¿y su nombre? ¿Cuál era su nombre?

No podía recordarlo, y eso me hundió definitivamente. Perdí el control y rompí a llorar como un niño desorientado.

En algún momento levanté la mirada hacia ella. La sonrisa sarcástica tenía un aire triunfal.

¿Cuánto te ha interesado este contenido?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este contenido.

Ya que has encontrado interesante este contenido...

¡Sígueme en los medios sociales!

¡Siento que este contenido no te haya resultado interesante!

¡Déjame mejorar este contenido!

Dime, ¿cómo puedo mejorar este contenido?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *