
Para comprobarlo, nada mejor que una comedia filosófica. O una colección de cuentos entrelazados con una historia de deseo (o de amor, o de todo a la vez).
Tomás, profesor de metafísica, quiere impresionar a Vanessa, becaria de biología con unos ojos azules y una sonrisa que desafían cualquier sistema filosófico.
Ella quiere «ver la película» de la metafísica sin leerse el tostón. Él, para complacerla y hacerse merecedor de sus favores, se lanza a escribir unos relatos que expliquen, de forma ligera, de qué va todo esto del Ser, la conciencia, el tiempo y la muerte. Nacen así los «Relatos de metafísica recreativa»: pequeñas ficciones donde lo trascendental se cuela en lo cotidiano, lo disparatado y lo conmovedor.
Y, sin imaginar que cuando explicite sus deseos, ella lo frenará por un motivo… filosófico (¿quién lo hubiera imaginado?), escribe sin parar.Un pintor descubre que sus cuadros no tienen alma por culpa de una joven crítica de arte.
– Un jurado popular debate si somos dueños de nuestros actos mientras sus vidas se desmoronan.
– Un físico debe aprender a ser feliz para demostrar su teoría de la gravedad cuántica.
– Un viudo intenta que la metafísica del amor le proporcione consuelo.
– Un anciano profesor se retira al altiplano a escuchar «el lenguaje del ser».
– Unas inteligencias artificiales deciden, entre fuegos artificiales, qué hacer con los humanos que las crearon.
Y así hasta veintiuna pequeñas bombas filosóficas. Breves, sí, pero explotan. El problema es que Vanessa tiene una teoría radical: el sexo entre humanos debería extinguirse. Es una actividad prehumana, cosificadora, indigna de seres con conciencia. Y no, no es una postura: lo ha pensado bien. Tomás, que desde el primer momento solo piensa en ella, se ve atrapado en un debate que no puede ganar… pero del que no quiere salir.
Entre discusiones en el césped del campus, miradas equívocas, suspiros y algún que otro sorbo de refresco, Tomás y Vanessa construyen un diálogo donde el deseo y las ideas se enredan sin remedio. Porque, al final, ¿hay algo más metafísico que intentar entender a quien deseas?
Y… sí, hay final feliz. Pero no el que uno podía imaginar.
Bienvenido a la metafísica recreativa. No necesitas saber filosofía para disfrutarla. Solo tener curiosidad por el ser… o por el placer.
Novela
Ella miraba a las estrellas y se olvidaba de crear el tiempo. Eso provocan las estrellas, que dejemos de crear el tiempo. Porque son pequeñas, porque están lejos, porque no se mueven. Porque son inofensivas, porque son inalcanzables, porque son permanentes. Pero titilan y parecen estar vivas, y ella admiraba y envidiaba su forma superior de vida. Y deseaba ser como ellas, y estar unida a ellas, y sentía como si viniera de allí, y era como si al mirarlas evocara una unidad anterior, primigenia.
Cuando de niña miraban juntos las estrellas, su padre creía percibir un cierto mensaje de permanencia. Ella no, porque no hablaban con palabras, pero sabía que él iba a irse y necesitaba aferrarse a la permanencia. Luego apareció la telepatía asistida y trajo la posibilidad de entenderse con ellas sin palabras. Para entonces, la niña se había convertido en una investigadora prestigiosa en el campo de la física cuántica y solo estaba dispuesta a aceptar lo que pudiera demostrarse científicamente. Aunque seguía oyendo la voz de su padre: «Los científicos miran la noche estrellada y hacen como si no fuera bella, como si eso no fuera importante».
Quizá haya un camino para entender la telepatía, a las estrellas, a su padre. Quizá su nueva teoría ayude. Pero recorrer ese camino provocará un cambio personal y también colectivo, y hay fuerzas que se oponen al cambio, poderosas como demonios. Habrá encuentros, habrá pérdidas. Amor, dolor, resentimiento, esperanza. Y la voz de su padre: «Si pensaras que lo que puedes conseguir es tan bueno, tan importante, que cuando lo tengas te parecerá que todo lo que has hecho hasta entonces no vale nada, ¿no crees que deberías olvidarte de todo lo demás y dedicarte solo a conseguirlo?».

